• Falmazan

Ouróboros y Apolo

Existe en la mitología nórdica una serpiente, una serpiente sempiterna llamada Ouróboros que se come la cola. Esta figura genera una ruptura de lo lineal, un paradigma de un inicio y un final inexistente. Planteando así, un símil a la iconografía cíclica, su semejanza a la vieja creencia helénica del eterno retorno. Puede sonar desde premonición a algo completamente descabellado, pero existió un día en el que entendí que el destino se parece mucho a un reptil que se come su cola. Pues viendo un simple Colo-Colo vs. O’Higgins de Rancagua presencié el inicio de una travesía que quedó marcada a fuego en el corazón futbolero criollo.


El Apolo de esta historia se llama Matías Ariel Fernández Fernández, nacido en la trasandina nación del tango, pero criado en la tierra del cemento. Ya en La Calera deslumbró y coqueteó con gambetas a escépticos que, posteriormente, serían feligreses de su persona y talento. Cual culebra, zigzagueó los obstáculos que su inocencia le interpuso con el fin de que se convirtiera en el capitán de su destino. Y lo logró. Llegó al club de sus amores, uno que añora a un cacique beligerante de araucanas románticas. Arribó a su lugar en la tierra.



Con el indio en el pecho la rompió. Hizo poesía en un balompié difícil y de potreros. Luego comenzó a encandilar en toda Iberoamérica y en Chile su nombre llenó tabernas. “Es mejor que Caszely” gritaba mi viejo exaltado. Tan bueno era este Apolo, que sepultó al dios anterior de mi padre. Metió goles imposibles en México y Puerto Montt que de similares no tienen nada. Pleno 2006 y todos le augurábamos la gloria eterna que conllevaría la felicidad propia. Y fue la tarde de un 29 de Diciembre del mismo año cuando Matías probó la ambrosía del éxito, fue coronado como el mejor de las Américas.



Desde aquel día que el Mati no es el mismo y mi visión irrisoria de la vida mutó. Pues consiguió un puesto imperenne en la memoria colectiva. Se puede decir que deambuló por grandes clubes y ciudades, por magnánimos escudos y batallas, pero ya nada fue igual. El ouróboros atacó a su Matías. La luna golpeó al sol y la serpiente se mordió su cola. Todo se fundió en una gran masa de sueños e idolatrías, la luz se apagó. 14 años después, Matías en su carruaje dorado volvió al cacique. Lo recibí con lágrimas y con un gran abrazo de mi progenitor. El círculo se cumplió. “Volvió a casa”, rugío mi taita, y el Oráculo se río en nuestras caras. Se burlaba de mi aprendizaje, se burló cuando aprendí que el destino es solo una víbora que se come la cola.

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